
Los camareros del restaurante
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El comandante de la nave, el capitán Francesco Schettino que, tanto en su decisión de someter a la nave a una "navegación turística" de innecesario riesgo y con consecuencias catastróficas como (y sobretodo) con su posterior ?no actuación? (durante la preciosa hora larga perdida sin hacer el aviso pertinente de desalojo del buque, tiempo durante el cual, al no estar el barco todavía muy escorado, podía haberse hecho una evacuación satisfactoria y fácil), demostró su total incompetencia para el cargo que ostenta, su cobardía injustificable y su enorme bajeza moral.
Sin su incalificable y rastrera actuación, totalmente opuesta a las normas marítimas y al sentido común, tengo la seguridad que se hubieran podido salvar todas las vidas humanas, los heridos y el sufrimiento físico y moral del resto de pasajeros y la tripulación. Sólo algunos oficiales junto con el capitán pudieron, según fuentes totalmente comprobadas, gozar de un desembarque rápido, tranquilo y privilegiado.
Pero esta vil y homicida acción, incluso si la justicia no funciona como en tanto casos, les marcará ignominiosamente para el resto de sus vidas.
Mi estado de ánimo después lo sufrido, y a pesar de haber salvado la vida, no es de alivio sino de rabia e indignación por lo ocurrido.
Lo que yo viví en el momento de entrada en los botes en lugar de un ordenado y civilizado embarque, con la norma no escrita de ?niños, ancianos y mujeres primero? fue la ley de la selva, es decir, la del más fuerte, actuaciones brutales cuyo recuerdo me acompañará mientras viva y que en gran parte son fruto de la ausencia total en los puentes de acceso a los botes de todo cargo con galones que impusiese orden, cargos que sí están naturalmente en los simulacros. Esta vez los únicos que dieron ejemplo de entereza fueron los componentes de la marinería rasa, camareros, cabinistas ( la mayoría de nacionalidades no europeas: indonesios, filipinos, etc.) que son los verdaderos héroes en esta catástrofe, y gracias a cuya actuación se salvaron muchas vidas. Gloria para ellos y condena y menosprecio para los cobardes oficiales y cargos que no supieron estar a la altura de las circunstancias.
Sólo le pido una cosa a Costa Cruceros y, por extensión a las demás compañías de cruceros: que para evitar las consecuencias de la existencia de personal en nómina indigno de su confianza (porque si sabían de su existencia también la compañía sería responsable del suceso) y como acción inmediata a emprender para que el drama no vuelva a ocurrir, sometan a examen y comprobación la categoría moral y la preparación psicológica de la oficialidad de sus barcos, tal como hacen con la preparación técnica, con el fin que no pueda encontrarse en ninguno de ellos persona alguna que tenga, por una parte, una vanidad desafiante de las más elementales normas de seguridad marina, y, por otra, una cobardía no admisible en ningún hombre o mujer de mar, y especialmente en quien desempeña las funciones de mando en un buque y de cuya actuación depende la vida o la muerte de muchísima gente. Eso espero de la Compañía Costa Cruceros, en quién, hasta el presente, tenía depositada toda mi confianza.
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